Una vez conocí a una pequeña luciérnaga, y nos hicimos muy amigas.
Las demás luciérnagas la dejaban de lado, decían que su luz no era bonita.
-¡Ah!¡Pero tienes luz!- le decía yo, y siempre me sonreía. Era tan brillante su sonrisa, ¿cómo no iba a ser bonita esa pequeña estrella de bolsillo?
Si le contaba un secreto centelleaba, y cuando íbamos de fiesta jamás dejaba de bailar. Por las noches siempre dejaba la ventana abierta, para que esparciera su luz por ahí, y al amanecer me despertaba revoloteando a mí alrededor.
Hace veinte meses desapareció, y ahora duermo con una vela al lado de mi cama porque me da miedo estar sola en la oscuridad.
Las demás luciérnagas la dejaban de lado, decían que su luz no era bonita.
-¡Ah!¡Pero tienes luz!- le decía yo, y siempre me sonreía. Era tan brillante su sonrisa, ¿cómo no iba a ser bonita esa pequeña estrella de bolsillo?
Si le contaba un secreto centelleaba, y cuando íbamos de fiesta jamás dejaba de bailar. Por las noches siempre dejaba la ventana abierta, para que esparciera su luz por ahí, y al amanecer me despertaba revoloteando a mí alrededor.
Hace veinte meses desapareció, y ahora duermo con una vela al lado de mi cama porque me da miedo estar sola en la oscuridad.
Etiquetas: luciernaga, luz
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